viernes 5 de agosto de 2011

Al final, siempre el Atleti.

Muchos datos indican que asistimos al final de una historia maravillosa y pendular, hecha de épica y seda, de derrotas imposibles y victorias heroicas, cuajada de títulos y poesía: Silva, Ben Barek y Escudero; Mendoza, Peiró y Collar; Adelardo, Luis y Gárate; Pereira, Leivinha y Rubén Cano; Schuster, Manolo y Futre; Molina, Pantic, Simeone y Kiko. […] Si no se preserva la biosfera atlética, si muere el sentimiento atlético, será como dejar extinguirse una especie o una lengua. La condena al empobrecimiento cultural que destila la bicefalia Madrid-Barça sería eterna; el pluralismo, una quimera.

(Miguel Mora, 11-06-2011, El País).



Convertido por sus ilegítimos dueños en empresa de compraventa sin intereses deportivos, sobrevive milagrosamente el Atleti de Madrid, con un oscurantismo interno equivalente a los progresivos atropellos y humillaciones públicas de los últimos veinte años.

Ser del Atleti constituyó una filosofía de vida deformada en la dictatorial era gilista a través de la estética del perdedor y el sentimentalismo barato, con nuevas masas generacionales atraídas por mensajes estoicos y otros conformismos, seguros de vida ante un aficionado medio dormido y pusilánime, sin edad para haber visto a otro Atleti ni espíritu crítico para solventarlo, incapaz de defender su historia y honrar una tradición desconocida. Apoyado en la complicidad mediática y los silencios de la justicia, el ojo ajeno aceptó la burla torrentiana, relegando decididamente a un equipo que en cualquier campo, en cualquier época, causaba temor y respeto.

Para quienes aceptamos ir en serio con el fútbol, se viene el año más desesperanzador que se recuerde por las orillas del Manzanares. Arranca una temporada en la que ni siquiera aflora el consuelo desesperado, el hálito de grandeza pasada identificada durante la última década en los rostros solitarios de Fernando Torres y Sergio Agüero. Prescindir de estrellas, de ilusión individualizada, como nuevo paso en la aceptación de mediocridad inyectada desde dentro con el despojamiento continuo de un patrimonio centenario.

Desperdiciada una base deportiva que aseguró títulos y futuro, el equipo se halla en plena descomposición, todavía a medio hacer, con un entrenador elegido por descarte y refuerzos de escasas garantías, fichajes por nombres (o comisiones) y no por necesidades, un esquema de juego indefinido al que le urge un cambio drástico en el centro del campo, carencias infantiles, en definitiva, que demuestran una alarmante falta de conocimiento y trabajo dentro del club.

Toca olvidar de nuevo la palabra, conscientes de la inutilidad que supone. Aburre el Atleti, este Atleti de no atléticos y sin atléticos, porque su identidad traspasó desde el principio los umbrales deportivos, siempre algo más que el mero júbilo por el triunfo y sus alivios primigenios, estableciendo en su epopeya de impagables sensaciones una personalísima relación con el aficionado. Eliminar significados, concebir un presente sin pasado, asegura consecuencias esquivadas, caducidades letales para quienes no entendemos nuestra existencia sin el viejo Atlético de Madrid.



2 comentarios:

Diego Escribano C. dijo...

Buen texto que nos invita a reflexionar acerca del paradigma imperante en el fútbol actual.
Indignación frente a una élite dirigente que busca el propio beneficio en lugar de servir a una institución.
Podemos analizar el mismo contenido a la luz de una realidad amplia y concluir que son indignos aquellos que ostentan espacios de poder sin ser guiados por valores de integridad y honestidad.
Por último, destacar el apunte en el sentido de las dificultades a encontrar cuando se olvida lo mejor de nuestro pasado y se intenta crear un proyecto amorfo tras un relato deliberadamente deformado.
Que el "Spain is different" no siga sirviéndoles como excusa

Pablo dijo...

Precioso texto, Javi. Yo tampoco concibo la vida sin el viejo Atlético de Madrid. Y como el viejo Atlético de Madrid murió hace ya veinticuatro años, son tantos los que llevo ya sin concebir un pedazo de mi vida.

Un abrazo.